
El término trauma deriva del griego y significa “herida”. Del sentido físico pasamos a emplearlo para nombrar la(s) herida(s) emocional(es) que se producen en nuestra psique cuando somos más vulnerables, cuando somos pequeños. Esta herida no cicatriza con el tiempo, la experiencia es demasiado dolorosa, deja una marca que nos acompaña y determina nuestra vitalidad y sentido de ser.
Si el trauma ocurre muy temprano en la vida del niño, éste no puede ponerle palabras, no podrá pensarlo; le quedará solo el dolor insoportable de lo vivido.
Es allí donde, en la experiencia traumática, el niño activa un sistema de supervivencia interno (Kalsched, 1996), una defensa que protegerá lo más íntimo de su ser. Podemos imaginarlo como un guardián interno que lo protegerá y lo cuidará evitando el contacto emocional con todo lo que se relacione con la experiencia que lo lastimó.
Pero este guardián se convertirá en carcelero, pues para no caer en el riesgo de la repetición nos cuidará evitando el contacto emocional o nos mantendrá alejados de experiencias que considere que puedan lastimarnos.
Lo que funcionó para cuidar lo más íntimo de nuestro ser ahora nos aleja de él.
Como dice Jung (1959), la psique siempre busca su sanación y nos enviará, en sueños o fantasías, imágenes arquetípicas para sostenernos. Serán imágenes protectoras o perseguidoras que se presentan con la intención de concienciarnos y reconectarnos con esa herida para sanarla y que deje de sangrar; que forme costra y finalmente cierre. Esto no significa borrar la experiencia, sino elaborarla para no actuar desde allí.
El lado positivo de este guardián es que nos protege de la eventualidad de un sufrimiento mayor, de llevar la cruz en forma permanente, con el costo de vivir un poco desde afuera de nosotros mismos. La mirada de Winnicott complementa la del guardián de Kalsched con la idea de que el niño crea un falso self para sobrevivir, a costa de sentirse desconectado, viviéndose “desde afuera” (Winnicott, 1965).
Todas las defensas activadas protegen al niño de un mal mayor, intentan preservar la vida. El problema es que se establecen rígidamente y se presentan una y otra vez en la vida del paciente, sin tomar en cuenta que su vida y sus circunstancias han cambiado y continúan cambiando.
El nuevo escenario no es tomado en cuenta, en nuestro drama personal reexperimentamos la misma obra una y otra vez, aunque todo haya cambiado. Esto recuerda el caso de Hiroo Onoda, quien tardó casi 30 años en tomar contacto con una nueva realidad. La guerra había terminado hacía ya tres décadas y él seguía atrincherado esperando a un enemigo que no estaba (Xataka,s.f).
Terminar de actualizarse en un presente diferente al momento en que se constituyó la respuesta defensiva es urgente: es descubrir que podemos vivir una vida actualizada, sin el peso de la historia del dolor en cada paso.
La terapia se orientará a acompañar y crear, junto con el paciente, un vínculo seguro, creativo y amoroso, donde el guardián abra las rejas para integrar la experiencia, elaborarla y soltarla. Reencontrarse e integrar un sentir legítimo es el objetivo de este cuidadoso acompañamiento, hasta liberarse de ese encierro y echarse a volar…
Jung, C. G. (1959). The archetypes and the collective unconscious. Princeton University Press.
Kalsched, D. (1996). The inner world of trauma: Archetypal defenses of the personal spirit. Routledge.
Winnicott, D. W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. International Universities Press.
Xataka. (s.f.). Hiroo Onoda: El soldado japonés que alargó la Segunda Guerra Mundial hasta 1974. https://www.xataka.com/magnet/hiroo-onoda-soldado-japones-que-alargo-segunda-guerra-mundial-1974-1